lunes, 31 de marzo de 2014

Juan Pablo II. Doctrina Social.


DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA Y SUS PRINCIPIOS

 Juan Pablo II y la Doctrina Social


“Es demasiado simplista decir que luchó contra el comunismo porque no fue así: él peleó en contra del ateísmo y el consumismo. ( ) Él peleaba por la verdad y la dignidad del ser humano” (Andreas Widmer, ex integrante de la Guardia Suiza Pontificia y actual director de emprendimientos de la Universidad Católica de EE. UU.). http://www.aciprensa.com/noticias/el-legado-de-san-juan-pablo-ii-a-un-guardia-suizo-si-nos-dejamos-cuidar-por-dios-el-cielo-es-el-limite-31140/#.U2JTGVJOVMs

La doctrina social católica se fundamenta en el amor de Dios para cada uno de sus hijos. Este amor ha sido revelado por Jesucristo quien con su muerte y resurrección, nos abrió la puerta de la salvación y de la vida eterna; y que con su vida y ejemplo nos señaló el camino a seguir para llegar al umbral de esa puerta. Todas las enseñanzas sociales de la Iglesia se fundamentan por lo tanto en el Evangelio y en una concepción del hombre que lo sitúa en este mundo como un constructor de la sociedad, pero siempre mirando a su destino final trascendente. Así visto, el hombre, creado por Dios y que volverá a Él, sólo puede manifestar su amor al Creador, amando a su prójimo y realizando su particular y único aporte a la construcción de una sociedad más próspera, justa, solidaria y plenamente humana. Es por esto, que si el ser humano no experimenta primero un encuentro personal con Jesucristo, transformando su vida, iluminando su mente y llenando de amor su corazón, difícilmente podrá perseverar en su propósito de seguir los principios e imperativos morales contenidos en la Doctrina Social. La Caridad de Cristo nos apremia.( 2Cor 5,14)

La vocación cristiana tiene implicaciones sociales ya que Jesús nos ordenó a continuar su misión de propagar el Reino de amor, justicia y paz.

 
Juan Pablo II y la Doctrina Social:

 “Las permanentes circunstancias que padece el mundo contemporáneo y las deplorables condiciones de subdesarrollo en que se encuentran aún demasiados países demuestran la permanente actualidad de la doctrina social de la Iglesia y la necesidad de partir desde una perspectiva justa. Esta perspectiva se centra en la verdad del hombre, que es descubierta por la razón y confirmada por el Evangelio de Jesucristo, que proclama y promueve la auténtica dignidad y la natural vocación social de la persona”.

 “La enseñanza social de la Iglesia ofrece orientaciones para la promoción de los derechos humanos, para la tutela de la familia, para el desarrollo de instituciones políticas auténticamente democráticas y participativas, para una economía al servicio del hombre, para un nuevo orden internacional que garantice la justicia y la paz y para una actitud responsable hacia la creación”.

 “El compromiso social de los cristianos laicos se puede nutrir y ser coherente, tenaz y valeroso sólo desde una profunda espiritualidad, esto es, desde una vida de íntima unión con Jesús».

 “El compromiso social es el medio para que los laicos sean capaces de expresar las grandes virtudes teologales --fe, esperanza y caridad-- a través del ejercicio de la difícil responsabilidad de edificar una sociedad menos lejana del gran proyecto providente de Dios”.

PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

“La Doctrina Social, además de dirigirse de forma primaria y específica a los hijos de la Iglesia, tiene un destino universal. La luz del Evangelio, que la doctrina social refleja sobre la sociedad, ilumina a todos los hombres: todas las conciencias e inteligencias son capaces de captar la profundidad humana de los significados y de los valores expresados en esta doctrina, así como la carga de humanidad y humanización.

1. Respeto a la dignidad de la persona y fomento de su desarrollo integral. Partimos del hecho de que todo ser humano es un ser único, irrepetible e inteligente, con voluntad libre, sujeto de derechos y deberes, con destino trascendente y, por lo tanto, dignidad eminente. Es el origen, centro y fin de toda la vida social y económica. La realización y plenitud de la persona se da en su relación y crecimiento junto con sus semejantes; en el avance a la perfección en la comunión universal humano-divina que es su verdadera felicidad.

2. Bien Común. Es el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección. El bien común comprende la existencia de los bienes necesarios para el desarrollo de los hombres, y la posibilidad real de todos los hombres de acceder a ellos; exige el bienestar social y el desarrollo del grupo mismo; implica la paz, la estabilidad y la seguridad de un orden justo.

Según la Doctrina Social de la Iglesia (DSI): “La empresa debe caracterizarse por la capacidad de servir al bien común de la sociedad mediante la producción de bienes y servicios útiles. (…) Además de una función económica, la empresa debe desempeñar una función social, creando oportunidades de encuentro, de colaboración y de valoración de las capacidades de las personas implicadas”.

3. Destino Universal de los Bienes. Los bienes están destinados para uso de todos los hombres, son la herencia común de todos los habitantes pasados, presentes y futuros. Los bienes incluyen tanto los materiales (propiedades, económicos, etc), como los intelectuales (conocimientos, tecnologías, propiedad industrial, etc) y espirituales. La propiedad privada es un derecho y una responsabilidad que por su misma naturaleza tiene una hipoteca social ya su función es contribuir al sostenimiento y desarrollo del propietario y de sus prójimos. De igual manera, cada persona tiene la obligación de velar por la sustentabilidad y expansión de los bienes que tiene a su cuidado.

4. Subsidiaridad. Conforme a este principio, todas las sociedades de orden superior deben ponerse en una actitud de ayuda (« subsidium ») —por tanto de apoyo, promoción, desarrollo— respecto a las menores. Las entidades menores, por su parte, deben actuar por sí mismas en lo suyo al máximo, aceptar y aprovechar debidamente las ayudas de las entidades mayores y admitir la suplencia temporal de las mismas aún cuando no puedan o no quieran hacer lo que les compete y que fuera requerido para el bien común .

5. La Participación. Es la consecuencia característica de la subsidiaridad que se expresa, esencialmente, en una serie de actividades mediante las cuales el ciudadano, como individuo o asociado a otros, directamente o por medio de los propios representantes, contribuye a la vida cultural, económica, política y social de la comunidad civil a la que pertenece. La participación es un deber que todos han de cumplir conscientemente, en modo responsable y con vistas al bien común. La nueva organización del trabajo, en la que el saber cuenta más que la sola propiedad de los medios de producción, confirma de forma concreta que el trabajo, por su carácter subjetivo, es título de participación.

6. Solidaridad: Entendemos la solidaridad como la vinculación e interdependencia recíproca de las personas para la realización convergente del bien común. En el caso de la empresa, la caridad y la solidaridad -al interiorizarse en las personas que toman decisiones y llevan a cabo sus acciones cotidianas- deben procurar el bien de todas las personas que la integran y se relacionan con ella. Una vez aplicadas en la empresa, la solidaridad y la caridad trascienden a las relaciones con la comunidad buscando mejorar el entorno en el que se desarrolla nuestro prójimo.

7. Valores fundamentales. Los principios anteriores presiden la edificación de una sociedad digna del hombre. Su aplicación está guiada por cuatro valores íntimamente relacionados entre si. Éstos son inherentes a la dignidad de la persona humana y favorecen su auténtico desarrollo. Son esencialmente: a) la verdad, buscada continuamente, respetada y atestiguada responsablemente; b) la libertad, signo de la sublime dignidad de cada persona humana, ejercida responsablemente y enfocada a la contribución de todos al bien común; c) la justicia, constante y firme voluntad de dar a cada uno lo que le es debido y abierta al horizonte de la solidaridad y del amor; y d) el amor fraterno, del cual brotan, se nutren y desarrollan la verdad, la libertad y la justicia.

8. Autoridad. La entendemos como la facultad de ejercer el mando según la justa razón, no es una fuerza exenta de control. Sólo se ejerce legítimamente si es un medio que busca el bien común, y si para alcanzarlo emplea medios moralmente lícitos. Por las deficiencias existenciales, es necesaria la autoridad; por tanto, no es privilegio, sino servicio.

9. El trabajo. Es una actividad propia del hombre, destinada a producir bienes o servicios y por medio de la cual el hombre desarrolla sus capacidades, aplicando la inteligencia y la voluntad.

El tema del trabajo como motor del desarrollo integral invita a entender la empresa como un grupo humano; no sólo como una entidad generadora de economía, trabajo, producción y transformación de bienes y servicios; sino como una comunidad de personas que tienen en sus manos la posibilidad de construir propuestas innovadoras que sirvan a las comunidades a las cuales se dirige.

 

“Creo que en esa economía solidaria ciframos todos nuestras mejores esperanzas para la región. Los mecanismos económicos más adecuados son algo así como el cuerpo de la economía; el dinamismo que les da vida y los torna eficaces -su "mística interna"-, debe ser la solidaridad. No otra cosa significa, por lo demás, la reiterada enseñanza de la Iglesia sobre la prioridad de la persona sobre las estructuras, de la conciencia moral sobre las instituciones sociales que la expresan”. Del discurso pronunciado en la sede de las Naciones Unidas en Santiago, a los funcionarios de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), el viernes 3 de abril de 1987.
http://www.es.catholic.net/empresarioscatolicos/436/933/articulo.php?id=44165
 

 

VERSIÓN ÍNTEGRA EN http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/speeches/1987/april/documents/hf_jp-ii_spe_19870403_cepalc-chile_sp.html

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS DELEGADOS DE LA COMISIÓN ECONÓMICA
PARA AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE (CEPALC)*

Santiago de Chile
Viernes 3 de abril de 1987

 

Excelencias,
señoras y señores:

1. Es para mí un gran placer tener este encuentro en la sede chilena de la “Comisión Económica para América Latina y el Caribe” y deseo, en primer lugar expresar mi más cordial saludo y agradecimiento a todos los presentes; en particular, al Señor Secretario Ejecutivo de la CEPALC por la gentileza de invitarme y por sus amables palabras de bienvenida.

Mi saludo se dirige igualmente a todo el personal de esta casa, centro principal de las Naciones Unidas en la región, a los señores representantes de organismos, agencias y entidades, así como a todos los distinguidos invitados.

Mi presencia hoy aquí prolonga y reafirma la actitud de apoyo y colaboración que mis predecesores, de feliz memoria, han brindado a la Organización de las Naciones Unidas, y que yo mismo quise hacer patente desde el comienzo de mi pontificado.

Misión de la CEPALC en el mundo económico. Interés de la Iglesia en los problemas económicos como servicio al hombre. Su doctrina social.

2. Vuestra finalidad más importante es la de estudiar la situación económico-social de la región, formular y sugerir políticas económicas, y realizar proyectos de cooperación internacional, para bien de esta vastísima área del planeta, de cuya inicial evangelización nos preparamos gozosamente a celebrar su quinto centenario.

El solo enunciado de vuestra tarea permite ya comprender el gran interés que por ella siente la Iglesia. Compartimos un mismo problema bajo perspectivas que aunque sean diversas, no dejan de ser a un tiempo complementarias. En efecto, lo que constituye una preocupación para vuestro pensamiento, es también objeto de solicitud, de continuo desvelo para la Iglesia, cuya misión se centra en servir al hombre en la plenitud de sus dimensiones, como creatura de Dios y como destinatario de la salvación en Cristo. Es bajo la luz propia de la ley divina natural y de la doctrina social de la Iglesia que deseo en esta tarde reflexionar con vosotros acerca de algunos temas de particular urgencia, y que a todos nos afectan.

3. Vuestros estudios señalan que, no obstante la diversidad de las economías nacionales, la crisis sufrida como conjunto, entre 1981 y 1985, ha sido la más seria y profunda del último medio siglo; y que, a pesar de que no faltan signos de recuperación en el periodo más reciente, sin embargo queda en pie un hecho dramático: durante ese lapso de tiempo el producto interno bruto “per capita” de la región bajó de modo preocupante en términos reales, mientras que aumentaba considerablemente la población, y el servicio a la deuda externa se hacía más exigente. Indicáis también que, como era previsible, los sectores más duramente afectados por la crisis son los más pobres, y que el fenómeno de la pobreza crítica tiende a la “repetición de sí mismo”, como decís, en un desalentador “círculo vicioso”. Es cierto que no os habéis limitado a un diagnóstico solamente negativo. Me alegro de saber que veis posibilidades de reajuste y progreso; las mismas, que con esperanzador denuedo, encerráis en la fórmula de un “círculo virtuoso”, de sentido inverso, entre producción, empleo, crecimiento y equidad.

4. Mas, el panorama general se presenta ciertamente sombrío. Al igual que yo, estoy seguro de que, tras el lenguaje conciso de cifras y estadísticas, vosotros descubrís el rostro viviente y doloroso de cada persona, de cada ser humano indigente y marginado, con sus penas y alegrías, con sus frustraciones, con su angustia y su esperanza en un futuro mejor.

¡Es el hombre, todo el hombre, cada hombre en su ser único e irrepetible, creado y redimido por Dios, el que se asoma con su rostro personalísimo, su pobreza y marginalidad indescriptiblemente concretas, tras la generalidad de las estadísticas! ¡Ecce homo...!

5. Ante esta perspectiva de dolor, no puedo menos de dirigir un llamado a las autoridades públicas, a la iniciativa privada, a cuantas personas e instituciones de toda la región puedan oírme, y por supuesto a las naciones más desarrolladas, convocándolas a ese formidable desafío moral que se formulaba hace un año en la Instrucción Libertatis consciencia, en los siguientes términos: “la elaboración y la puesta en marcha de programas de acción audaces con miras a la liberación socio-económica de millones de hombres y mujeres cuya situación de opresión económica, social y política es intolerable” (n. 81).

A este respecto, y en línea de principio, se os plantea un primer problema en relación con el protagonismo del Estado y de la empresa privada. Como presupuesto doctrinal, me limitaré a recordar un postulado bien conocido de la enseñanza de la Iglesia en materia social: la relación de subsidiaridad. El Estado no debe suplantar la iniciativa y la responsabilidad que los individuos y los grupos sociales menores son capaces de asumir en sus respectivos campos; al contrario, debe favorecer activamente esos ámbitos de libertad; pero, al mismo tiempo, debe ordenar su desempeño y velar por su adecuada inserción en el bien común.

Dentro de ese marco caben figuras muy diversas de correlación entre la autoridad pública y la iniciativa privada. De cara al drama de la extrema pobreza, importa sobremanera que entre ambas instancias exista una mentalidad de decidida cooperación. ¡Trabajad unidos, integrad vuestros esfuerzos, no antepongáis un factor ideológico o un interés de grupo a la indigencia del más pobre!

6. El desafío de la miseria es de tal magnitud, que para superarlo hay que recurrir a fondo al dinamismo y a la creatividad de la empresa privada, a toda su potencial eficacia, a su capacidad de asignación eficiente de los recursos y a la plenitud de sus energías renovadoras. La autoridad pública, por su parte no puede abdicar de la dirección superior del proceso económico, de su capacidad para movilizar las fuerzas de la nación, para sanear ciertas deficiencias características de las economías en desarrollo y, en suma, de su responsabilidad final con vistas al bien común de la sociedad entera.

Pero Estado y empresa privada están constituidos finalmente por personas. Quiero subrayar esta dimensión ética y personalista de los agentes económicos. Mi llamado, pues, toma la forma de un imperativo moral: ¡Sed solidarios por encima de todo! Cualquiera que sea vuestra función en el tejido de la vida económico-social, ¡construid en la región una economía de la solidaridad! Con estas palabras propongo a vuestra consideración lo que en mi último Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz llamé “un nuevo tipo de relación: la solidaridad social de todos” (n. 2). A este propósito, deseo repetir hoy aquí la convicción expresada en el reciente documento de la Comisión Pontificia “Iustitia et Pax” sobre la deuda externa: “Una cooperación que supere los egoísmos colectivos y los intereses particulares, puede permitir una gestión eficaz de la crisis del endeudamiento y, más en general, señalar un progreso en el camino de la justicia económica internacional” (Introd.).

7. La solidaridad como actitud de fondo implica, en las decisiones económicas, sentir la pobreza ajena como propia, hacer carne de uno mismo la miseria de los marginados y, a la vista de ello, actuar con rigurosa coherencia.

No se trata sólo de la profesión de buenas intenciones sino también de la decidida voluntad de buscar soluciones eficaces en el plano técnico de la economía, con la clarividencia que da el amor y la creatividad que brota de la solidaridad.

Creo que en esa economía solidaria ciframos todos nuestras mejores esperanzas para la región. Los mecanismos económicos más adecuados son algo así como el cuerpo de la economía; el dinamismo que les da vida y los torna eficaces —su “mística interna”— debe ser la solidaridad. No otra cosa significa, por lo demás, la reiterada enseñanza de la Iglesia sobre la prioridad de la persona sobre las estructuras, de la conciencia moral sobre las instituciones sociales que la expresan.

Vuestros informes técnicos merecen para mí una doble consideración. Por una parte, el hecho de que no se divisen soluciones de fondo a la extrema pobreza sin un aumento substancial de la producción y, por tanto, un sostenido impulso del desarrollo económico de la región entera. Por otra parte el que esa solución, en virtud de su largo plazo y de su dinámica interna, sea del todo insuficiente de cara a las urgencias inmediatas de los más desposeídos. La situación de éstos está pidiendo medidas extraordinarias, socorros impostergables. subsidios imperiosos. ¡Los pobres no pueden esperar! Los que nada tienen no pueden aguardar un alivio que les llegue por una especie de rebalse de la prosperidad generalizada de la sociedad.

Sé bien que ambos imperativos, dentro de la enorme complejidad del fenómeno económico, son sumamente difíciles de combinar, de manera que no se anulen entre sí sino que, por el contrario, se potencien recíprocamente. El Pastor que os habla no tiene soluciones técnicas que ofrecer al respecto: ellas son de vuestra incumbencia como expertos. El Padre común de tantos hijos desheredados está convencido de que su adecuada articulación en una política económica coherente es posible, debe ser posible, con la convergencia de tantas voluntades moralmente solidarias y, por eso mismo, técnicamente creativas.

8. Me consuela saber que vuestros últimos estudios contemplan las estrategias para la conjunción de ambos imperativos económicos, el de largo plazo y el de urgencia inmediata. También me alegra saber que, en el centro mismo de tales estrategias, situáis la meta prioritaria de superar los altos índices de desempleo de tantos países de la región.

A las políticas de reducción del desempleo y de creación de nuevas fuentes de trabajo se ha de dar una prioridad indiscutible. Dicha prioridad, como se muestra en vuestros informes, podría decirse que tiene a su favor incluso razones puramente técnicas: entre la creación de trabajo y el desarrollo económico hay una relación recíproca, una causalidad mutua, una dinámica fundamental del “círculo virtuoso” antes señalado.

Permitidme, sin embargo, que insista en la razón profundamente moral de esta prioridad del máximo empleo. Los subsidios de vivienda, nutrición, salud, etc., otorgados al más indigente, le son del todo indispensables, pero él, podríamos decir, no es el actor, en esta acción de asistencia, ciertamente loable. Ofrecerle trabajo, en cambio, es mover el resorte esencial de su actividad humana, en virtud de la cual el trabajador se adueña de su destino, se integra en la sociedad entera, e incluso recibe aquellas otras ayudas no como limosna sino, en cierta manera, como el fruto vivo y personal de su propio esfuerzo.

Los estudios sobre la “psicología del desempleado” confirman vigorosamente esta prioridad. El hombre sin trabajo está herido en su dignidad humana. Al convertirse otra vez en trabajador activo no sólo recupera un salario, sino también aquella dimensión esencial de la condición humana que es el trabajo, y que en el orden de la gracia es, para el cristiano, su camino ordinario hacia la perfección. Vuestros cuadros más recientes del desempleo en la región son estremecedores. ¡No descansemos hasta no haber hecho posible, a cada habitante de la región, el acceso a ese auténtico derecho fundamental que es, para la persona humana, el derecho —correlativo al deber— de trabajar!

9. El trabajo estable y justamente remunerado posee, más que ningún otro subsidio, la posibilidad intrínseca de revertir aquel proceso circular que habéis llamado “repetición de la pobreza y de la marginalidad”.

Esta posibilidad se realiza, sin embargo, sólo si el trabajador alcanza cierto grado mínimo de educación, cultura y capacitación laboral, y tiene la oportunidad de dársela también a sus hijos. Y es aquí, bien sabéis, donde estamos tocando el punto neurálgico de todo el problema: la educación, llave maestra del futuro, camino de integración de los marginados, alma del dinamismo social, derecho y deber esencial de la persona humana. ¡Que los Estados, los grupos intermedios, los individuos, las instituciones, las múltiples formas de la iniciativa privada, concentren sus mejores esfuerzos en la promoción educacional de la región entera!

Las causas morales de la prosperidad son bien conocidas a lo largo de la historia. Ellas residen en una constelación de virtudes: laboriosidad, competencia, orden, honestidad, iniciativa, frugalidad, ahorro, espíritu de servicio; cumplimiento de la palabra empeñada, audacia; en suma, amor al trabajo bien hecho. Ningún sistema o estructura social puede resolver, como por arte de magia, el problema de la pobreza al margen de estas virtudes; a la larga, tanto el diseño como el funcionamiento de las instituciones reflejan estos hábitos de los sujetos humanos, que se adquieren esencialmente en el proceso educativo y conforman una auténtica cultura laboral.

10. Finalmente, permitidme una palabra a propósito del importante trabajo desarrollado por el Centro Latinoamericano de Demografía (CELADE), organismo de la CEPALC. Sé bien que el aumento de la población parece sumarse a los problemas ya reseñados de la región y sentirse como una pesada carga. Os repetiré, a este propósito, las conocidas palabras del Papa Pablo VI a la FAO en 1970 “Ciertamente, ante las dificultades que hay que superar, existe la gran tentación de usar la autoridad para disminuir el número de los comensales más que multiplicar el pan a repartir”.

Aun dentro del problemático contexto de la economía, la vida humana conserva, en su núcleo más íntimo y sagrado, ese carácter intangible que a nadie es dado manipular sin ofensa a Dios y daño de la sociedad entera. Defendámoslo a toda costa ante la facilidad de las “soluciones” fundadas en la destrucción. ¡No a la anulación artificial de la fecundidad! ¡No al aborto! ¡Sí a la vida! ¡Sí a la paternidad responsable!

El desafío demográfico, como todo desafío humano, es ambivalente y ha de llevarnos a redoblar esa concentración, que antes formulé, de las mejores fuerzas de la solidaridad humana y de la creatividad colectiva, para convertir el crecimiento de la población en una formidable potencia de desarrollo económico, social, cultural y espiritual.

11. De muchos otros temas, comunes a la CEPALC y a la Sede Apostólica, hubiera deseado hablaros en esta reunión. He querido centrarme en la extrema pobreza, que está en el centro mismo de vuestra solicitud, y que es una dolorosa espina clavada en mi corazón de Padre y Pastor de tantos fieles, en los amadísimos países de esta vasta región del mundo.

Os reitero mi agradecimiento por vuestra amable invitación, que he aceptado con sumo gusto. Y elevo mi plegaria a Dios Padre Todopoderoso, a Jesucristo, Señor de la historia, y al Espíritu Santo Vivificador, mediante la intercesión de Nuestra Señora de Guadalupe, Patrona de América Latina, para que sobreabunden las luces y las energías de lo alto sobre cuantos os preocupáis del progreso económico y social de los países en desarrollo, de tal modo que sea posible esta magnánima concentración de inteligencias, voluntades y trabajo creador, exigida imperiosamente por la actual encrucijada de los países todos de América Latina y el Caribe.




*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. X, 1 p.1010-1017.

L'Osservatore Romano 6.4. 1987 p. XXII, XXIII.

L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 15 p. 22, 23.

 

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